48ª Conferencia Anual sobre las Américas

48ª Conferencia Anual sobre las AméricasEsta traducción se proporciona como una cortesía y únicamente debe considerarse fidedigna la fuente original en inglés.

Es un gran placer estar hoy aquí con todos ustedes. En primer lugar, quiero agradecer a Susan Segal y Eric Farnsworth, del Consejo de las Américas. Y por supuesto quiero agradecer a mi estimado predecesor, el embajador John Negroponte.

Hoy estoy aquí porque el Gobierno Trump asigna una alta prioridad al hemisferio occidental, su seguridad, su prosperidad y su libertad.

Y reconocemos que los Estados Unidos deben afianzar su liderazgo en el hemisferio. En las Naciones Unidas he visto repetidas veces que, cuando los Estados Unidos no ejercen su liderazgo, sufrimos las consecuencias, nosotros y todo el mundo.

Esto es aún más cierto en nuestras relaciones con otras naciones.

No existe nada que sustituya al liderazgo firme de los Estados Unidos, basado en nuestros valores de libertad política y económica y respeto de los derechos humanos

Esta tarde comenzaré diciendo algo que debe quedar claro a todos los aquí presentes.

La prosperidad de los Estados Unidos está vinculada de manera vital con la prosperidad del hemisferio. Nuestro futuro está ligado al de nuestros vecinos.

Entre otras cosas, somos mutuamente nuestros mayores y mejores socios comerciales. Los Estados Unidos venden más bienes y servicios a nuestros vecinos en el hemisferio occidental que a China, Japón y la India juntos.

Si bien se dedica mucha atención a las cuestiones comerciales con China, debemos tener presente que nuestro comercio con el hemisferio occidental es casi tres veces mayor que con China. También dependemos unos de otros en lo relativo a nuestra seguridad.

Para evitar que las drogas, la delincuencia organizada y los terroristas crucen nuestras fronteras, hay que empezar por detener las amenazas antes de que lleguen a la frontera.

Y el principio que vincula todo ello también es algo que los Estados Unidos tienen en común con la mayoría de nuestros vecinos del hemisferio: el compromiso con la libertad.

En su intervención del mes pasado ante la Cumbre de las Américas y otra vez ayer en la Organización de los Estados Americanos, el vicepresidente Pence llamó al hemisferio occidental “el hemisferio de la libertad”.

Es una excelente descripción de las Américas.

El hemisferio occidental está cada vez más dominado por países que comparten nuestros principios políticos y económicos.

El gran activista por los derechos humanos Natan Sharansky creó un test para evaluar la libertad de las sociedades, al que llamó el “test de la plaza del pueblo”.

Según Sharansky, si uno puede ir a la plaza y expresar sus opiniones sin que lo arresten, lo encarcelen o lo golpeen, entonces vive en una sociedad libre. Si no es así, se vive en lo que él llamó una “sociedad del miedo”.

Si observamos el panorama de las Américas, resulta fácil distinguir entre las sociedades libres y las sociedades del miedo.

Es un testamento para los pueblos de América Latina, y el amor por la libertad y la dignidad que existe en el corazón del pueblo, el hecho de que la mayoría del hemisferio sea libre.

Como sabemos, no siempre ha sido así.

Varios países importantes de América Latina celebrarán este año elecciones libres y abiertas.

Esto es algo muy valioso, un buen motivo de celebración para los Estados Unidos. No porque siempre coincidamos con estos Gobiernos. Sino porque las democracias respetan el Estado de derecho y los derechos de los ciudadanos.

Y estas son las condiciones previas del crecimiento económico y la seguridad en el hemisferio.

La pobreza, la corrupción y la violencia siguen siendo problemas a los que se enfrentan todos los países.

La diferencia es cómo un Gobierno hace frente a esas cuestiones, si es que lo hace.

En América Latina, la buena noticia es que estos retos se abordan cada vez más a través de un compromiso con el Estado de derecho y las instituciones democráticas.

La región dista de ser perfecta, pero los avances son innegables.

Hay otro país que en un par de semanas celebrará lo que llama “elecciones”.

Pero a diferencia de otras elecciones que he mencionado, la “votación” que tendrá lugar en Venezuela el 20 de mayo solo tiene el propósito de proporcionar una falsa cobertura a un dictador, no para determinar el liderazgo legítimo del país.

La economía y la sociedad civil de Venezuela han sido testigos de un cataclismo bajo los mandatos de Chávez y Maduro.

Todos hemos visto el trágico sufrimiento del pueblo venezolano.

Teniendo en cuenta que el índice de pobreza en la región es del 31%, resulta asombroso saber que el 87% de los venezolanos vive por debajo de la línea de pobreza. El 90% de la población afirma no saber cómo conseguirá su próxima comida.

Hoy en día los venezolanos viven en unas condiciones que no experimentaban desde hace más de 100 años.

Los niños mueren a causa de la malnutrición. Los hospitales carecen de medicinas y suministros. Están reapareciendo enfermedades que se habían erradicado. Y la moneda prácticamente no vale nada, con unas tasas de inflación que han llegado a un increíble 18.000%. El pueblo venezolano ya no cuenta con un Gobierno. Es la víctima inocente de un narcoestado criminal.

Solo era cuestión de tiempo que la crisis venezolana se convirtiera en una crisis regional.

Ahora, la inestabilidad que comenzó con la negación de los derechos humanos y económicos por parte del régimen de Chávez se ha desbordado más allá de las fronteras de Venezuela.

Hoy el régimen de Maduro amenaza la paz y la seguridad de toda la región. En América Latina está teniendo lugar lo que se ha descrito como el mayor desplazamiento humano de la historia de la región.

Las Naciones Unidas estiman que, desde 2014, 1,5 millones de personas han huido de la pobreza y la violencia que reinan en Venezuela.

Estas personas desesperadas están siendo acogidas por los países vecinos, pero ejercen una gran presión sobre los recursos de las ciudades y estados de Colombia, Brasil, Perú y otros lugares.

Esta crisis exige la atención del mundo entero.

Los últimos años de la historia europea han demostrado el potencial de los flujos migratorios incontrolados para crear inestabilidad política.

Incluso los países relativamente ricos han sufrido las consecuencias políticas y económicas que se producen al intentar absorber un elevado número de migrantes. Y los vecinos de Venezuela no son países ricos.

Colombia ha acogido a más de 600.000 migrantes venezolanos. Miles más llegan cada día, sobrecargando más aún a un país que está esforzándose por aplicar su propio acuerdo de paz.

La crisis venezolana ha creado una necesidad inmediata de alimentos, viviendas y asistencia médica.

Los Estados Unidos están ayudando. También deben hacerlo más países.

Pero lo que más desean los migrantes venezolanos, como los de Siria y otros países, es poder volver a casa.

Y eso hace que el problema regional de fondo no sea la falta de recursos, sino la continuidad del régimen Maduro.

Los venezolanos no volverán a casa mientras Maduro mantenga las tiendas vacías y el peligro en las calles y el Gobierno no rinda cuentas. Y crecerá la inestabilidad en la región.

La implosión de Venezuela también ha puesto en evidencia otra gran preocupación en América Latina: el Gobierno de Daniel Ortega en Nicaragua.

Hace ya mucho que el Gobierno de Ortega se parece más a una dictadura que a una democracia.

El régimen de Maduro ha apuntalado a Ortega mediante subsidios al petróleo y otras ayudas.

La autodestrucción de Venezuela ha puesto fin a ese salvavidas. Y en el proceso ha expuesto la descomposición que está en la raíz del Gobierno nicaragüense. Al igual que su patrocinador de Caracas y sus mentores de La Habana, el Gobierno de Ortega se ha mantenido en el poder mediante el fraude electoral, la intimidación de los críticos y la censura de los medios.

El mes pasado, el pueblo nicaragüense encontró su voz tras muchos años de corrupción y desgobierno.

Se trata de la amenaza más grave a la que se ha enfrentado el Gobierno de Ortega en una década.

Comenzó cuando los estudiantes y otras personas salieron a la calle, inicialmente para protestar por la escasa respuesta a los incendios masivos. El movimiento creció cuando se añadieron las protestas contra los cambios en el sistema de seguridad social.

Pero se ha convertido en mucho más que eso: constituye un cuestionamiento de la legitimidad misma del Gobierno opresivo.

La policía y las turbas progubernamentales respondieron con una fuerza letal. El Gobierno clausuró emisoras independientes de radio y televisión. Más de 60 personas murieron o siguen desaparecidas y cientos resultaron heridas. Las imágenes de la violencia son espantosas.

Un periodista fue asesinado, baleado en la cabeza, mientras transmitía en vivo por Facebook. Otro grupo de periodistas relató que unos enmascarados derribaron las puertas de su emisora de radio y rociaron el estudio con gasolina.

Luego los atacantes prendieron fuego al edificio.

Cientos de miles de personas se manifestaron en respuesta, exigiendo reformas democráticas y la renuncia de Ortega. Por primera vez en la vida de muchos de ellos, los nicaragüenses han perdido el miedo a expresar abiertamente su deseo de poder decidir realmente su futuro, a pesar de la posibilidad, muy real, de ser víctimas de la violencia.

Los Estados Unidos instan al Gobierno de Ortega a que cumpla su oferta de celebrar un diálogo nacional.

Todos los sectores de la sociedad civil nicaragüense —la comunidad empresarial, los estudiantes y la iglesia católica, por nombrar unos pocos— deben participar.

Pero hablar no es suficiente.

La verdadera prueba será si el Gobierno de Ortega satisfará la demanda popular de reformas democráticas y transparencia.

Como diría Natan Sharansky, Nicaragua es una “sociedad del miedo” que ansía ser una “sociedad libre”.

Los Estados Unidos apoyan inequívocamente al pueblo de Nicaragua en su demanda de las mismas libertades que disfrutan la mayoría de ciudadanos de nuestro hemisferio.

El pueblo de Venezuela también aspira al derecho a controlar su propio destino.

Pero la hora de hablar —de urgir al régimen de Maduro a que dé voz a su pueblo— ya hace mucho que ha pasado en Venezuela.

Las supuestas “elecciones”, cuya celebración está prevista dentro de 12 días, son una farsa.

Maduro no cambiará. La prueba es que celebra unas elecciones amañadas para dar a su reinado de terror un barniz de democracia.

Pero no engaña a nadie.

No podemos permitir que el 20 de mayo Maduro exhiba su “victoria”, entre comillas, como una validación de su mandato. No será nada de eso.

Ya sabemos que, mientras Maduro impida la intervención de una misión de observadores creíbles e independientes, los resultados serán fraudulentos.

La opresión sistemática de los venezolanos se ha convertido en una amenaza activa para toda la región.

Por la seguridad de todos los pueblos de América Latina, es hora de que Maduro se marche.

Durante mi viaje de este año a Guatemala y Honduras, procuré reunirme con ciudadanos corrientes, en particular mujeres y niñas.

Esto lo hago en casi todos los países a los que viajo. Me parece que es una de las mejores maneras de conocer un país.

Las personas que conocí estaban orgullosas y esperanzadas, y eran tan merecedoras del derecho a la libertad y la dignidad como cualquiera de nosotros.

Guatemala y Honduras se enfrentan a problemas reales, pero están bien encaminados.

Esto es lo que está en juego hoy en las Américas.

Antes se trataba de un concurso de ideas sobre formas de gobierno en el hemisferio occidental. Ahora ese concurso ya ha terminado.

El modelo de socialismo, dictadura, corrupción y graves violaciones de los derechos humanos aplicado en Cuba, Venezuela y Nicaragua ha demostrado ser un completo y rotundo fracaso. Ha causado el sufrimiento de millones de personas.

El modelo de libertad, democracia, crecimiento económico y derechos humanos está mejorando la vida de millones de personas en toda la región.

Queda mucho por hacer, pero también es mucho lo que se ha logrado. Son muchas las personas que han sacrificado muchas cosas.

No podemos permitir que los pocos regímenes autoritarios que aún sobreviven arrastren a todo el hemisferio.

Como vecinos, los Estados Unidos y todas las naciones de América Latina caminamos juntos en este viaje.

Si nos mantenemos fieles a nuestros principios, sin duda llegaremos a buen puerto. Así garantizaremos que el hemisferio occidental siga siendo el hemisferio de la libertad.

Muchas gracias.